Bacterias extremófilas: las habitantes de la Antártica que pueden mejorarnos la vida

Capaces de vivir en las condiciones más inhóspitas, estas bacterias podrían ser la solución a muchos de nuestros problemas.

bacteria antártica Streptomyces extremófila leticia barrientos microorganismos universidad autónoma

Agranda texto:

El blanco y gélido paisaje, cubierto en un 98 por ciento de hielo, donde apenas llueve —solo 160 milímetros al año en promedio, menos de la mitad que en Santiago— y la temperatura media, en la Base Presidente Eduardo Frei Montalva, es de -2,3 grados, da para pensar de que allí no hay vida posible. Pero en la Antártica habitan seres increíbles, muchos de ellos aún desconocidos.

No se trata de criaturas mitológicas sino más bien microscópicas, pequeños organismos reales, que no vienen de la ciencia ficción, a pesar de que sus características sí pueden considerarse como fantásticas.

Son bacterias llamadas extremófilas, pues evolucionaron para vivir en las condiciones más extremas que ofrece el planeta. Como las de la Antártica, donde casi no hay agua, en el verano existe exceso de luz —y en el invierno de oscuridad— y la temperatura solo sube sobre cero durante un par de meses. Increíblemente, hay microorganismos capaces de sobrevivir y reproducirse en esta adversidad.

Lo hacen, algunos, alrededor de las raíces de las pocas plantas que crecen en este continente. Una de ellas es la Deschampsia antarctica, también conocida como pasto antártico, una particular especie que crece en las rocas costeras de este continente. Mi tesis doctoral fue investigar qué tipo de bacterias se asocian con las raíces de la Deschampsia y qué funciones cumple en su desarrollo. Lo que encontré fue tan impresionante como los paisajes del polo sur.

En el hielo antártico, entre otras, existe una clase de actinobacteria que, a cambio de vivir en sus raíces, solubilizan el fosfato del suelo, nutriente esencial para los vegetales pero muy escaso, ayudando a la Deschampsia a promover su crecimiento. También produce hormonas que ayudan a potenciar el desarrollo de la planta.

Como las condiciones climáticas y geológicas allí son tan estresantes, estas bacterias maximizan los escasos recursos disponibles. Además, para proteger a la planta y a sí misma de otros microorganismos, generan unos metabolitos que tienen capacidades antibióticas y antifúngicas, cuidando de la infección de bacterias y hongos patógenos.

Son cualidades extraordinarias, poco vistas en hábitats templados, y que convierten a estas bacterias extremófilas en interesantes alternativas para varios de los desafíos que tenemos como humanidad.

Uno de ellos es la crisis climática, que con sus altas temperaturas y largas sequías ha vuelto más compleja la producción agrícola. La degradación del suelo y la escasez de terrenos para cultivar también exigen mejorar la eficiencia de los campos, y ahí estos microorganismos antárticos pueden ser muy útiles. Más orgánicos que los fertilizantes y menos contaminantes que los pesticidas, son capaces de cumplir esta doble función sin impactar el medioambiente ni la salud humana.

Nuestras pruebas de laboratorio confirman que estas bacterias extremófilas, al inocularse en las raíces de ciertas plantas, aumentan la velocidad de su crecimiento y también su vigorosidad. Su alta resiliencia a condiciones casi imposibles, como la falta de agua o de nutrientes, las vuelve perfectas para este difícil escenario de cambio climático.   

Otro de los desafíos para el cual estas pequeñas maravillas nos pueden entregar soluciones es el silencioso pero inmenso problema de la resistencia a los antibióticos. Muchas bacterias patógenas, ante el uso masivo de antibióticos, han logrado evolucionar y desarrollar una farmacorresistencia, cualidad que les permite sobrevivir a los medicamentos, haciendo más largos, difíciles y costosos los tratamientos. Según la Organización Mundial de la Salud, esto provoca cada año alrededor de 1,27 millones de muertes en todo el mundo, más que la tuberculosis, el VIH y la malaria juntas.  

Hoy existen cientos de grupos de investigación en todo el mundo tratando de encontrar nuevos antibióticos que afecten a las bacterias de otra manera y evitar, así, que se hagan resistentes a ellos. En estas bacterias antárticas, como las del género Streptomyces, podríamos encontrar alguna respuesta, pues la capacidad antibiótica de sus metabolitos permite inhibir la proliferación de microorganismos patógenos, lo que sería muy útil para prevenir infecciones en hospitales o industrias alimentarias.

Yo siempre he dicho que con las bacterias uno solo tiene que echar a andar la imaginación: porque lo que se te ocurra, alguna bacteria lo podrá hacer. Según lo que pretendas, todas las bacterias son maravillosas: solo falta buscar y descubrir para qué nos puede servir. Solo nos faltan manos y recursos, porque en la ciencia, actualmente, las ideas son demasiadas. Tantas como las virtudes de las bacterias antárticas.


Leticia Barrientos es doctora en ciencias y académica del Instituto de Ciencias Aplicadas de la Universidad Autónoma de Chile.


💌 ¿Te interesa la ecología, la ciencia y la innovación? Suscríbete al newsletter de Desafía para recibir historias con soluciones para este mundo complejo. Una vez al mes, directo en tu correo.